El tonto
Relato clasificado como cuento, documentado en Fómeque, Cundinamarca en 1980.
Metadatos del corpus.
Relato clasificado como cuento, documentado en Fómeque, Cundinamarca en 1980.
Esta ficha procede de la base depurada del proyecto y conserva su identificador estable para facilitar el cotejo, la actualización y la citación.
Texto de la pieza
Un padre tuvo tres hijos. El primero murió, el segundo fue un tonto y el tercero un genio que pronto abrazó la carrera sacerdotal y progresó tanto que muy luego recibió el título de arzobispo y finalmente el de papa.
Murieron los padres y habiendo quedado solo el tonto se fue a vivir con el romano pontífice.
Un día se supo en Roma que el rey de España casaba a su hija con quien sostuviera por su cuenta los gastos del reino durante un año. Entonces el papa le dio al tonto una mochila con una virtud, pues no era sino decirle: “Mochilita, mochilita, por la virtud que Dios te dio, dame plata”, para que al punto quedara llena de monedas.
El tonto llegó a Madrid y se presentó como pretendiente y fue aceptado. Y mediante su mochilita sostuvo el reino.
Cuando faltaban nada más que tres días para vencerse el plazo convenido, la hija del rey le pidió permiso a su padre para hablar al que iba a ser su marido.
La doncella, fingiéndose muy enamorada, le pregunta a su prometido por el secreto del dinero diciéndole que ya para ella, que sería su mujer, dentro de tres días, no debía haber nada oculto. Apenas el tonto la oyó y sintiéndose el hombre más feliz de la vida, le contó su secreto y ella le robó la mochila y lo dejó sin manera de poder cumplir lo ofrecido.
Salió de la corte el bobarrón y pidiendo limosna volvió a Roma a contarle a su hermano lo sucedido. El papa, muy disgustado, le dio un gorro con el cual, al andar agachado se hacía invisible, y lo mandó a recuperar la mochila.
Así lo hizo y logró introducirse al palacio y apoderarse de su mochila, pero al salir del palacio se enderezó, se hizo visible, lo capturaron y le quitaron mochila y gorro.
Nuevamente tuvo que volverse a Roma padeciendo mil trabajos y esta vez recibió del pontífice una alfombra con otra virtud. Se disfrazó de vendedor y caminando llegó a Madrid, entró a palacio a ofrecer muchas maravillas a la princesa, a quien le ofreció la alfombra. La extendió, él se paró en una punta y le dijo a la princesa que se la comprara, que la pisara para que viera cómo era de mullida. Ella le hizo caso y apenas estuvo encima, él exclamó:
—¡Alfombra a Roma!
Y la alfombra se levantó por los aires y comenzó a viajar hacia Roma. Pero en la mitad del camino dijo la princesa:
—¡Tengo sed! Bájame para beber agua de aquel río.
Y él le dio la orden a la alfombra:
—¡Alfombra, al río!
Cuando descendieron hasta el suelo, la princesa le rogó a su raptor que le alcanzara un poco de agua y él le hizo caso; pero, apenas estuvo unos pasos lejos, ella dijo:
—¡Alfombra a Madrid!
Y con las mismas, se levantó hacia las nubes la alfombra con la princesa, que reía mientras el bobo se quedaba con la boca abierta.
Después de llorar un rato por ahí sentado sobre una piedra dijo de pronto:
—¡No seré más pendejo...!
Como tenía mucha hambre cogió de unos pepinos rojos y a medida que iba comiendo le salieron cuernos. Por poco se sienta otra vez a llorar, pero le dio por comer de unos pepinos blancos de otra mata y a medida que comía de las nuevas frutas los cuernos le desaparecieron hasta quedar sin nada.
Entonces cogió de ambas clases de pepinos y los redujo a polvo y se fue en busca de la capital de España.
Por medio de los polvos adquirió suficiente dinero para anunciarse como médico del alma y del cuerpo y para disfrazarse de sacerdote.
Al fin logró introducirse a palacio y entre el chocolate echó los polvos de los pepinos con lo cual todos los cortesanos, desde el rey para abajo, se volvieron cornudos.
Todos le consultaron y él afirmó que todos estaban enfermos del alma y del cuerpo y que debían comenzar por confesarse, como en efecto lo hicieron. Después les dio de los polvos de las frutas blancas pero menos a la princesa, a quien en vez del remedio le suministró harina y quedó por consiguiente con sus cachos.
El sacerdote la llamó y le dijo que sin duda se había confesado mal, por lo cual tenía que hacer nueva confesión y entonces sí se acusó del robo de la mochila, del gorro y de la alfombra.
Pero como no hay perdón sin restitución, entregó ella las prendas robadas, con lo cual vino la absolución y una nueva toma de polvos que le hicieron desaparecer los cuernos.
Después el confesor le dijo que le explicara cómo había sido para llevársela por los aires el tonto, ella le explicó y él para entender mejor colocó la alfombra en el suelo. Al pararse encima la princesa, él exclamó al momento.
—¡Alfombra a Roma!
Y a Roma fueron a dar porque esta vez no se dejó engañar el tonto.
Desde allí comunicó el romano pontífice al rey la llegada de su hija y pronto se celebró el matrimonio de la princesa con el tonto. Y vivieron felices.
El texto se publica con la autorización documentada por el proyecto o a partir de una fuente de dominio público, según corresponda. La referencia de procedencia se conserva en esta misma ficha.
Fuente documentada
- Tipo
- Libro
- Autor
- Velásquez, Rogelio; León, José Antonio; Jaramillo, Euclides; Arango, Jesús; Salas, Julio; Jaramillo, Agustín; Zapata, Manuel; Friedemann, Nina S.
- Título
- Cuento popular andino
- Año
- 1985
Control documental
- Metadatos
- Completo
- Revisión pendiente
- Fuente bibliográfica: sin coincidencia
Cómo citar esta ficha
Literatura Tradicional en Colombia. (2026). El tonto (CLTC-0593-N). https://literaturatradicional.co/archivo/el-tonto-cltc-0593-n