NarrativaLeyenda

El guango (guando)

Relato clasificado como leyenda, documentado en Tolima en 1962.

Ficha documental

Metadatos del corpus.

Relato clasificado como leyenda, documentado en Tolima en 1962.

Esta ficha procede de la base depurada del proyecto y conserva su identificador estable para facilitar el cotejo, la actualización y la citación.

Transcripción del corpus

Texto de la pieza

El guando es una barbacoa hecha de guaduas o varas, en donde se transportaba a los muertos desde los campos hasta el cementerio del pueblo. Estos entierros ponían siempre en movimiento a toda la vereda entre un ajetreo resonante y activo que se hacía en convite, como si se fuera a empajar un rancho, a hacer un "desmatón" o a desyerbar un lote de yuca o de maíz. En la casa del difunto, entre aguardiente, lágrimas y animación se reunían los enterradores, los cuales venían muy bien ataviados con pantalón dominguero y camisa bien "empecherada". Los deudos debían costearse el desayuno y los gastos de la comitiva de acompañamiento; equiparlos con buena provisión de trago y tabaros para el camino, costearles el almuerzo en el pueblo y las atenciones de estanco. En el regreso más trago, y así hasta que llegaban borrachos a comer tamal con chocolate y bizcocho tostado. En estas juergas de entierros se sucedían reyertas que dejaban algunos heridos y muchas veces más muertos. El guando era transportado por cuatro personas, una en cada uno de los extremos de las dos varas sobre las cuales se bacía la barbacoa en donde se balanceaba el muerto en medio de espeluznantes chirridos de amarres y maderas. Los cargadores se turnaban a cortos intervalos, diciéndole a uno de los acompañantes más cercanos: -Meta el hombro, compañero. La leyenda del guando es la siguiente: Vivía en otros tiempos un hombre huraño, avaro, intransigente y mal amigo, que no prestaba un servicio, no daba una limosna, no ayudaba a nadie ni se compadecía por nada. Su inhumanidad llegaba hasta el extremo de que jamás quiso colaborar en el transporte de un muerto, para darle sepultura como Dios manda, sino que se• negaba rotundamente a cumplir con esa obra de misericordia, alegando que él no era carguero de nadie y mucho menos de un retobo; que cuando él muriese, bien podían tirarlo en un zanjón, echarlo al río o dejarlo por ahí para que se lo comieran los "chulos". La muerte llegó a su turno a las puertas de aquel hombre insensible y murió solo, abandonado y sin una oración siquiera, pues él ni siquiera permitía que nadie se arrimara a servirlo. Una vez muerto, los vecinos, olvidando viejos rencores y para cumplir con su deber de cristianos, se reunieron en la casa del finado, voluntariamente. Por medio de colectas entre sí financiaron los gastos de entierro y procedieron al transporte del cadáver al pueblo; construyeron un "guango" y colocaron al muerto sobre él. Mas cuál no sería el asombro de los concurrentes al comprobar que el difunto estaba terriblemente pesado, hasta el punto de que se necesitaron muchos hombres para levantarlo y luego transportarlo, con mucha brega por tramos pequeños y en continuos relevos. Para ir al pueblo había que cruzar un río por un puente de madera. Los cargadores con lucha y fatiga lograron llegar al puente, pero al intentar cruzarlo, poco más o menos en la mitad, su peso se hizo insoportable y por mucho que lo intentaron no lograron sostenerlo y tuvieron que aflojar; el "guango" cayó sobre el puente, éste se rompió con el terrible peso y el muerto cayó en medio de las turbulentas aguas del río, las cuales se lo tragaron en un segundo. Tres días lo buscaron .y lo buscaron río abajo, pero no fue encontrado el guando ni su tétrica carga. Desde entonces está rodando por el mundo esa alma en pena con el fatídico nombre -del "guango", tenebrosa aparición de ultratumba que se presenta por los caminos reales que van al pueblo o por las calles suburbanas que van al cementerio, a altas horas de la noche, con preferencia la víspera de "Todosanto" o el día de las Animas, en la forma de un muerto transportado en una barbacoa por cuatro hombres, alumbrado por cuatro cirios y seguido de una larga y lúgubre procesión, vestidos todos de negro, portando velas encendidas y rezando en un murmullo bronco y medroso. En su lento y acompasado avance, el "guango" va chirriando horriblemente con un "chi-qui chi-qui chi-qui chi-qui", que pone los pelos de punta. La víctima, como es natural, se queda paralizada de terror a la vera del-camino mirando avanzar el fantasmal entierro a esas horas de la noche; y es así como el tétrico "guango" pasa junto a él, un aire frío le da en el rostro, un olor a azahares y a mirto lo invade, el corazón le salta, cuando por encima del ronco y apagado orar de la espectral comitiva oye una voz aún más cavernosa y lúgubre que le ordena: -¡Meta el hombro, compañero! Siente luego en el hombro un peso que lo abruma, oye gritos y lamentos de las almas en pena, el corazón lo ahoga, la cabeza le da vueltas, no ve sino negrura y abismo y cae desvanecido como muerto. Después de recobrado el conocimiento, la persona queda asustada, sonámbula, como idiotizada por algún tiempo; y nunca jamás vuelve a salir a deshoras de la noche. El guando se les aparece a los trasnochadores, a los borrachos, a los avaros y crueles; a los mezquinos, a los enemigos de hacer el bien y a los que no se detienen ante nada con tal de hacer dinero.

El texto se publica con la autorización documentada por el proyecto o a partir de una fuente de dominio público, según corresponda. La referencia de procedencia se conserva en esta misma ficha.

Fuente documentada

Tipo
Artículo de revista
Autor
Devia M., Misael
Título
Folclor tolimense
Año
1962

Control documental

Metadatos
Completo
Revisión pendiente
Falta localización; Fuente bibliográfica: sin coincidencia

Cómo citar esta ficha

Literatura Tradicional en Colombia. (2026). El guango (guando) (CLTC-0442-N). https://literaturatradicional.co/archivo/el-guango-guando-cltc-0442-n