El día de la ola en Tumaco
Relato clasificado como cuento, documentado en Tumaco, Nariño en 1960.
Metadatos del corpus.
Relato clasificado como cuento, documentado en Tumaco, Nariño en 1960.
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Texto de la pieza
El tumaqueño viejo conserva un recuerdo imborrable entre los muros de su memoria. El suceso no arranca de la posesión tranquila de la tierra, sino de lo vivido el 31 de enero de 1906, fecha del maremoto que sacudió gran parte de la costa del Pacífico. Adherido a sus vivencias con emociones y gemidos, con votos de esperanzas y resplandores de milagro, ese día no ha sido olvidado por nada, ni por sombras de manglares ni por islas paradisíacas.
En aquel tiempo -dicen los negros- Dios soltó el mar para que avasallara las riberas. Dejó que el viento despertase las olas y que el turbión entrara en los puertos, en los montes, en los boquetes de los ríos. Para iluminar el mundo envió al rayo que mordiese al aire, los buques y piraguas, en tanto que el trueno, dando tumbos, hacía marchar las nubes como plumajes con alas.
Desde temprano las espumas habían intentado el asalto de las barras de arena y las resacas tormentosas. El agua hirviente se asía de los promontorios, trepaba por las rocas y volvía a caer para recomenzar con nuevos bríos. Por el cielo ennegrecido cruzaban pájaros pesados, mientras que de las madrigueras salían serpientes y escorpiones y sabandijas sin nombres. Por las verrugas de los cerros los animales domésticos corrían, cayendo y levantándose.
Cuando esto pasaba en Tumaco, por el Charco y Mosquera los terrenos, con maizales y bestias, bajaban las cabezas ante el tableteo de los elementos. El Playón de los Reyes, con sus moradores y sus cocos, lo mismo que la aldea de San Juan ya habían caído como obedeciendo a la catástrofe. En Salahonda y El Bajito, Pasacaballos y Bocagrande los peces y las conchas, en gruesa trabazón, mostraban sus colores a los esteros revueltos que, sin miramientos de ninguna clase, enlazaban árboles, batían delfines y tiburones bandoleros.
En medio de tantas tristezas, sonaron las campanas, descendieron las imágenes, se incendiaron los altares familiares, flamearon los estandartes abrasados. Por atrás, se abrieron los sepulcros, se troncharon las palmas, se derruyeron las casas, el fuego se hizo lengua. Podría decirse que entre tantas angustias la estrella de Jacob estaba lejos de la tierra.
Por todas partes había lluvia, chaparrón denso, pesado. Goteras que taladraban los techos de paja y repiqueteaban en los de zinc, haciendo caminos por las calles. Agua encharcada en las habitaciones, lodo en las alcobas, mesas y lugares sagrados. Animales muertos, emblemas y cunas desbaratadas, estiércol. Madres que lloran a sus hijos, novias que han perdido sus más altos cariños. Quién corre, quién se arrodilla, quién batalla. Un dolor superior a las palabras flota en todos los puntos cardinales. Tiemblan las piernas y los labios. Todo el mundo evoca a alguien que salió en la mañana: éste a pescar, aquél a sembrar, el de más allá a cruzar las ensenadas...
Pero hay un momento dramático. Tumaco, a nivel del mar, ve que éste amenaza cubrirlo. Una ola gigante, mugidora, rebasa el Viudo y el Morro le llega a la cintura. A su golpe se hundirán muchas millas, y, sobre la onda, flotará lo que la fatiga ha conseguido. Ramas, leños, hojas, fieras marinas, todo se ve arriba en la cabellera del peligro que avanza...
Entonces comienzan las confesiones a gritos. El Padre Larrondo trabaja con la multitud que busca la absolución sacramental. Ahí están a sus pies los pescadores de lisas, pargos y sardinatas. Quemadores de carbón, jornaleros, gentes tiznadas de resinas, negros aserradores del Patía, blancos contrabandistas. Mojados en agua bendita se aprietan los hijos de los hombres que vuelven los ojos al cielo, en busca de su destino final. Si la noche ha llegado, es hora de encender las lámparas del alma.
El Padre Larrondo, seguro de sí, satisfecho de absolver a los incrédulos y a los vacilantes, está ante el altar que se sacude. De rodillas, con la cabeza que canea inclinada, pide por su pueblo. Ya están curados los enfermos, ya los fríos se han reconciliado con Dios, ya se han amistado los enemigos en el tribunal de la penitencia. Resuelto, abre el Copón, y con la última Forma en la mano, se dirige hacia el mar. Marcha sereno, los ojos gozosos. Va a enfrenar la ola siniestra, a poner cárcel a la hecatombe, a encararse con lo desconocido.
El pueblo lo sigue. Hay que morir con el Pastor, hacer que lo que amaga se devuelva. La cerrazón avanza llevando un tramo de cuarenta kilómetros. Penetra mar adentro, y aguarda el peligro que ensordece el espacio. "Pero -¡oh suceso maravilloso!-, dice el cronista: cuando la multitud iba a ser devorada, el Padre permanece firme, impertérrito en la arena. Levanta la Hostia sacrosanta y traza con ella la señal de la cruz, y al mismo instante se retira el mar, humedeciendo al sacerdote hasta la cintura".
Desde aquella ocasión, todos los años, el 31 de enero, hay en las iglesias de Tumaco solemnes fiestas en acción de gracias a Jesús Sacramentado. Es la evocación del día de la fe, el recuerdo del prodigio total y absoluto que vivió el pueblo que peregrina todavía.
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Fuente documentada
- Tipo
- Artículo de revista
- Autor
- Velásquez M., Rogerio
- Título
- Leyendas y cuentos de la raza negra
- Año
- 1960
Control documental
- Metadatos
- Completo
- Revisión pendiente
- Fuente bibliográfica: sin coincidencia
Cómo citar esta ficha
Literatura Tradicional en Colombia. (2026). El día de la ola en Tumaco (CLTC-0413-N). https://literaturatradicional.co/archivo/el-dia-de-la-ola-en-tumaco-cltc-0413-n