Rambao es un señor muy trabajador de todos los, como se dice, trabajos materiales, pero de muy poca suerte, sin fortuna, no tenía suerte, todo lo que hacía fracasaba y allegó a una edad de 30 años y la vida de él era muy triste. Entonces resolvió de casarse. Después de casado comenzó a trabajar con una fe y pedirle tanta suerte a Dios y a María. Pero no podía conseguir nada sino que la mujer siempre le alumbraba en el año sus dos o tres niños y tenía una caterva de hijos y no tenía suerte. Asín después de todos esos atropellos él cogió y abandonó la casa y se fue a andar, andando, caminando. Llevaba de casualidad una gallina que había guisado en la casa el día que se retiró. Se le presentó a la hora de la comida una señora que le dijo para comerse esa gallina. Le respondió que no, quesque él nunca había tenido compañeros y ella le dijo que sí, que ella era María. Él dijo: “Jamás, yo nunca he conocido a María; en tanto tiempo que le he pedido a María nunca ha querido ayudarme; hoy se me presenta porque yo tengo mi gallina, por lo cual mi gallina no se la va a comer María, me la comeré yo solo. Pero si usted es María, María pues que se vaya a rogar a otra parte, yo sigo solo y me como mi gallina solo”. Despreció a María y siguió. Más adelante vuelve el hambre y lo atacó y comenzó a comerse su gallina y se le presentó un señor y le dijo que él era Jesús y le respondió que jamás nunca había conocido a Jesús, jamás. Él le pedía mucho a Jesús con mucho empeño y nunca le había querido brindar nada ni ayudarlo y ahora que él llevaba una gallina guisada era que quería ayudarlo y acompañarlo, pero para comerse la gallina y así no; él no tenía campañas con nadie con su gallina. También lo despreció. Se fue él y quedó ahí Jesús. Más adelante vuelve y lo atacó el hambre y se puso a comer; cuando estaba comiendo oyó una voz muy profunda que le gritó y le dijo: “Rambao! Rambao!” Él le contestó muy furioso y le dijo: “¿Para qué me necesitas? A nadie tengo quien me llame por aquí, porque yo no le debo a ninguno”. Al fin la voz se le presentó con un trueno; una tempestad que lo atemorizó mucho, le dio mucho miedo y al llegar donde él estaba, se presentó una mujer que le dijo: “¿Tú eres Rambao?” Dijo: “Yo si soy Rambao, ¿para qué me necesitas?” La mujer le respondió: “Advierta que yo soy la Muerte”. Dijo: “Si usted es la Muerte con usted me como mi gallina”. Entonces la Muerte agarró la gallina y viendo que él tenía la pierna de la gallina agarrada, le dejó ese muslito. La Muerte le dijo: “Advierta Rambao que su señora está de parto”. Respondió: “Bueno, usted será mi comadre”. Y siguió su vía. Más adelante él se encontró con un viejo, que le dijo: “¿Pa dónde Rambao?” Él le respondió: “Pa dónde a mí me de la gana, a nadie tengo que darle cuenta cual es mi vida”. Entonces el viejo le dijo: “Sépase que yo soy compañero suyo”. Rambao contestó: “Si usted es compañero mío, no lo va a ser, porque yo no ando con nadie ni tengo que ver con ninguno. Ando mi vida solo, yo no tengo que ver con nadie”. El viejo dijo: “Bueno, sépase que lo sigo a donde usted vaya, voy yo”. Le respondió: “Bueno, ahí veremos”. Comenzó Rambao a andar y el viejo atrás, atrás, atrás. Cuando llevaban el día de camino, ya Rambao iba un poco fatigado y con hambre; ya esperó al viejo y charló con él. Le dijo: “Ah viejo, y… usted que es más conocedor de estas montañas ¿por aquí no hay casas? Llevo un hambre que no sé qué es”. El viejo le dijo: “Hombre aquí no hay casas. Había unas viviendas y las abandonaron, pero sí sé que quedaron unos palos de naranjas que tienen muchas naranjas. Si tú no procedes de coger más de cuatro o cinco naranjas, yo te llevo a donde está este palo”. Dijo Rambao: “Le prometo mi palabra que yo no voy a coger más de cuatro naranjas”. El viejo lo llevó. Estaba este palo de naranjas quesque amarillaban. “Bueno, este es el palo de naranja, Rambao”. De una vez corrió y se montó arriba y comenzó a menear ese palo y ¡cómo caía la naranja! ¡Cómo caía mango maduro! Rambao cogió y se llenó los bolsillos y el viejo que mordía clavo. Salieron. Más adelante, el viejo le dijo: “Hombre Rambao, lo primero que te dije, lo primero que hicistes, hombre”. Rambao le respondió: “Vea Dios, a mí no me embrome mi vida ni me amargue la vida porque esos frutos no los ha sembrado usted. ¡Hombre, no sea usted pendejo! ¡Hombre carajo! Usted me lleva muy ardido. Yo tengo mucha hambre, yo con cuatro naranjas no me iba a hartar nada”. Bueno, y siguieron con su pelea. Pasaron ese día; al día siguiente otra vez viajaron. Al fin del día otra vez, Rambao muerto de hambre le dijo: “Hombre, viejo, usted no tiene conocidos por aquí, amigos. Yo vengo muerto de hambre y no llevamos dinero”. El viejo le respondió: “Yo tengo una comadre que nos dá un bocado de comida, pero hay que conformarnos con lo que ella nos brinde, es que usted no obedece”. Dijo: “Bueno, yo hago lo que usted ordene”. Así cogieron y allegaron a donde la comadre. El viejo le dijo: “Bueno comadre, aquí estoy para que nos venda o nos regale cualquier comida por ahí”. Bueno, ella les preparó y les hizo chocolate. Comieron. Después de que ya comen de lo que la vieja les sirvió, se paró Rambao y se fue al fogón y le dijo: “Vea mi señora, ¿no le quedó más nada? Déme de comer que yo no me he hartado”. Entonces el pedacito de comida que la vieja dejó para ella tuvo que regalárselo. Al viejo tampoco le gustó eso. Al día siguiente siguieron y otra vez le reclamó la misma cosa, pero Rambao le dijo: “Hombre, usted no trabajó eso. Yo tenía mucha hambre, yo tenía que comer”. Otra vez aplacaron esta pelea y siguieron. Al día siguiente les tocó allegar a una ciudad, una ciudad muy grande, pero casi ya no había juventud, sino puro viejo. El más nuevo tenía 70 años. Cuando ya pasaron esta ciudad, dice Rambao: “Vea, viejo, ¿y nosotros a dónde vamos a morir de hambre? Pues ya salimos de la ciudad y tanto que hay que comer y ¿a dónde es que nosotros vamos a comer?” Entonces el viejo le dijo: “Yo no llevo cinco, Rambao, yo no tengo conocidos aquí, tú tampoco, ¿qué vamos a hacer? Tenemos que coger el camino del monte, comer al monte”. A lo que le respondió Rambao: “¿Cómo es posible?” Pero sin embargo, el viejo le dijo: “Vaya donde aquella señora que está allá barriendo, allá en la calle y dígale que me mande cincuenta centavos de pan”. Fue él y le dijo el mandado y la señora le respondió: “Sí, como no, dele los panes”. Fue y le dio los cuatro panes. Se regresó Rambao y le dijo: “Aquí tienes, viejo, y que no tenía conocidos, y qué no lo conocían”. El viejo le respondió: “No, esas son las obras de arte que uno consigue. Coge un pan”. Y Rambao protestó: “¿Pero debo yo coger un pan, hombre? Si yo lo fui a fiar hombre”. “Sí, pero los panes me los fiaron fue a mí, no a ti”. Rambao insistió: “Pero yo tengo derecho a dos panes y usted a dos, si eso es a medias”. El viejo le dijo: “No señor, los panes son míos, coge un pan y nada más”. Rambao le dijo: “Bueno yo me voy a coger un pan, pero advierta que si no me lleno con un pan, lo mato; porque usted tiene que darme otro pan”. Siguió el viejo alante y él atrás comiéndose su pan. Cuando se terminó de comer el pan, Rambao ya no sabía si en el mundo había hambre ni nada, iba completamente lleno y ni le mentó, más nunca pan al viejo. Siguieron. En la noche llegaron a un lugar donde había muchos matorrales, muy llenitos para dormir y allí se quedaron. Al día siguiente le dijo el viejo a Rambao: “Ah, Rambao, vamos a seguir vía; vamos al monte donde podemos trabajar. Si estás listo ve a trabajar, yo también”. Rambao, le respondió: “Bueno, vamos a trabajar”. Se pusieron a hacer rozas y a sembrar maíz, cuando ese maíz estaba sembrado, le dijo el viejo: “Bueno, Rambao ¿por qué no vas a la ciudad y pegas el grito de que de viejos te atreves a hacer hombres nuevos?” Rambao le responde: “¿Usted porque no va? ¿Qué quiere que vaya yo a gritar eso ahí y me coja el gobierno y me mate?” El viejo, le dijo: “Nada de eso, no tengas miedo y haz lo que te digo”. Rambao obedece y se fue a la ciudad donde se puso a gritar con voz tétrica: “Yooo soy Rambao que de hombre viejo me atrevo a hacer nuevo”. Más adelante dio la misma voz. “Yooo soy Rambao, que de hombre viejo me atrevo a hacer nuevo”. Entonces un policía lo cogió por la mano y le dijo: “¿Qué es lo que usted habla? ¿Viene borracho? ¡Aquí no se viene con escándalos!” Rambao le respondió: “No, lo que yo hablo lo cumplo. Yo de viejo me atrevo a hacer nuevo y si quiere dígame con quién es que vamos hacer la prueba”. El policía le dijo: “Bueno, camine y siga conmigo, vamos a la Policía”. Lo llevó a la Policía; allí lo investigaron. Entonces el Alcalde le entregó un viejito y lo mandó con dos policías. Lo llevaron a donde estaba el compañero. Él lo había dejado allí, preciso, en una ramadita que ellos habían hecho en dos trojitas. Pero ya él no ve eso, ya allí encuentra un palacio. Dijo: “Pero ¿qué es lo que a mí me pasa? ¿Yo me habré perdido o el viejo es que me está jugando brujerías?” Le dijo a los policías: “Espérenme ahí, y comenzó a buscar y no encontraba a nadie y se puso a llamar al viejo. “¿Qué te pasa Rambao?”, le responde: “Hombre, deje de ser brujo: ¿usted a qué hora ha hecho este palacio? Usted me está… a mí no me está agradando esto”. El viejo le respondió: “Hombre, que va, Rambao. Nada de eso, cosas de la naturaleza, el que anda con Dios con Dios atermina”. Rambao le respondió: “No, no, no” y por fin le dijo: “Bueno ahí te traigo un viejo, para probar la cosa”. El viejo lo calmó: “Dile a esa gente que pase para acá”. Se presentaron los dos policías con el viejo. “Ahí está el señor”, le dijo Rambao cuando regresaron. Entonces el viejo ordenó: “Bueno, Rambao, coge este señor y mételo ahí en esa hornilla que está ahí bien prendida”. Rambao arrempujó al viejo y lo echó a la candela. Cuando ya se terminó de quemar, el viejo, le ordenó: “Cógeme estas cenizas ahí y traémelas para acá”. Rambao cogió las cenizas y le dijo: “Vea, Dios, si usted a ese hombre no lo vuelve a hacer, usted advierta que enseguida antes que esta policía me mate a mí, lo mato yo a usted. Y usted cuándo puede hacer a este cristiano vuelva otra vez a ser gente, si eso se ha quemao, esto está vuelto cenizas. No sea usted tan bruto, hombre. ¡Viejo animal! Pero a mí no me pone usted ese cuento, a usted lo mato yo”. El viejo, solo le respondió: “Hombre, haga caso Rambao, échele esa ceniza aquí a la mesa”. Asina lo hizo, cogió un puñado y se puso a hacer la figura de una persona con la ceniza. Al descuido, cuando espabiló Rambao, vio fue ya la figura cuadrá. Le dijo: “Vaya y dígale a los señores policías que si de que edad quieren al viejo”. Rambao obedeció: “Vea señor agente, que de qué edad quieren ustedes al viejito”. Uno le respondió: “Hombre, que lo ponga de 14 años, joven”. A lo que aceptó el viejo: “Bueno, de 14 años y asina lo hizo. “Aquí está, es la prueba”. Los policías se fueron con ese muchacho más contentos. Siguieron a la ciudad y al llevar ahí ese muchacho que llegaba muy jovencito, se avalanzó ese pueblo y se comienza a venir gente y ¡eso eran chorros! ¡Y Rambao a quemar gente y el viejo a parar gente! Rambao recibiendo dinero y echándolo en un depósito que tenían. Ya Rambao no daba abasto de reempujar gente para esa hornilla y entonces encargaron otros dos más para que los ayudaran. Al fin ellos volvieron la ciudad toda joven, Rambao y el viejo quedaron con tres depósitos llenitos de dinero. Ahí había de toda prenda, de toda plata, de todo oro. Ya terminaron el trabajo y dice Rambao: “¡Ah, viejo! ¿Y ahora? ¿Esa plata?”. El viejo le respondió: “Esa plata tenemos que dividirla, Rambao”. Aceptó gustoso, “Bueno, vamos a dividirla. Como no la parta a medias, a medias conmigo, lo mato”. Claro, quería decir que como él había quemado los viejos y el compañero los puso nuevos, tenía derecho a la mitad de la plata. Pero el viejo le ordenó: “Haz tres partes, Rambao”. Dijo: “¿Y tres partes por qué, hombre? Son dos partes. Nosotros somos dos”. El viejo le aclaró: “Somos tres Rambao. Haga las tres partes”. Rambao obedeció: “Bueno; yo voy hacer las tres partes, pero yo le voy a aprobar que no más somos dos”. Se hicieron las tres partes. Cuando ya dividieron todo, el viejo dijo: “Bueno coge tu parte”. Rambao se apresuró a agarrarla: “Sí, esta es la mía”. El viejo separó la otra diciendo: “Yo cojo ésta”. Rambao entonces preguntó: “¿Y esa otra?”. Y el viejo le dijo: “Esta parte es para pagar los panes, ¿no ves que de una vez se te quitó el hambre?”. Rambao le respondió: “¡Ah! pero es que los panes los debo soy yo; yo los fié, soy yo, yo tengo que coger esa parte para yo ir a pagar los panes”. El viejo entonces, le dijo: “¿Cómo va a ser, Rambao, si los panes el que los debe soy yo?” Dijo: “No señor, yo fui quien fue a fiar los panes, y yo tengo que ir a llevar la plata”. El viejo terminó por decir “Bueno, así será, coge tú la parte, pues no vamos a entrar en pelea”. Así le tocaron dos partes a Rambao. Entonces el viejo, finalmente le dijo: “Bueno, Rambao, esa otra parte también cógela y es tuya; la plata toda es tuya, yo me quedo con la casa y la cosecha, pero yo no me muevo de aquí, yo no camino más. Así con esa plata puedes irte para tu casa”. Rambao contento le respondió: “¡Verdad es, vamos a arreglar!”. Empacó su dinero y se dispuso a regresar para su casa. De modo que se fue. Se regresó. Allegó a la ciudad de él por la tardecita y no da con la choza en que él dejó a su familia y hasta tanto, tuvo que pedir una posada en otra casa, donde se hospedó. Hablando ya después que comió y que retiró a los trabajadores que llevó y quedó allí solo, le preguntó a la dueña: “Vea mi señora, y usted de casualidad no oyó comentar aquí en esta ciudad de un señor llamarse Rambao, ¿un hombre muy pobre y trabajador, muy católico? Dijo la señora: “Sí Uuuh! pobrecito hombre, ¡yo no sé qué le habrá pasado! Este hombre se fue de aquí aburrido, decepcionado de la vida y dejó a la familia, toditos más bien desnudos y en la calle, ahí en una chocita. Y eso fue como una bendición, desde que este señor se perdió de aquí, que más que nunca se ha sabido de él, desde esa noche, digo, a él le viene todos los días de Dios un señor con una carga de plata que manda Rambao y no se ha sabido más nunca dónde está Rambao y así ahí está. Aquí en esta ciudad se hace lo que manda esta casa, esto es, la viuda de Rambao. Allí hay policía, allí hay todo, para entrar a esa casa es como entrar a un cuartel, con tanta guardia”. Rambao, haciéndose el bobo, le siguió preguntando: “¿Pero él no existe ahí?” Y la señora le respondió: “No, no, es que más nunca se ha sabido de él”. Por la mañanita cogió Rambao y se paró, se fue al centro y se tomó un tinto. Se devolvió, fue a la primera guardia y pidió un permiso, lo dejaron pasar. Siguió a la otra y también. Siguió a la otra y entonces le reclamaron los papeles. Le pegó un empellón a un guardia y le dijo: “Qué papeles ni qué papeles voy yo a cargar si esta casa es mía, yo soy Rambao. No necesito de más nada, soy el dueño de esto”. En esa pelea con la policía salió el hijo mayor de él, diciendo: “Hombre pero dejen pasar al pobre viejo, si él dice que es mi papá, pues vamos a reconocerlo bien”. Y después de mirarle bien a la cara, gritó: “¡Él es mi papá!”. Eso fue una alegría para los hijos, pero entonces la vieja no le quería mucho, dizque estaba repelente, que no era Rambao y que así al fin se dieron cuenta y era Rambao. Ya hubo el matrimonio otra vez. Queda Rambao ordenando en el mundo, mandando su casa y toda la ciudad. Pero él tenía una merced del viejo, que le pidió antes de salir: morir cuando le diera la gana. El viejo se la dio, pero con el compromiso de poner una caja de plata todos los días de Dios en la ciudad para el pagamento de los pobres y así siguieron, él cumpliendo su promesa, pero también haciendo maldad. Llegaba a una mesa de juego y no lo aguantaban, Rambao la limpiaba, y con él no había modo… Todo lo que encontraba de juegos, de muchachas, eso lo echaba por delante. Ya el mundo estaba apurado con Rambao. Tanto, que hubo que pedir que acabaran con Rambao, que ya Rambao no podían con él. Pedro le dijo al Señor: “Hombre, pero que vamos a hacer con Rambao, tanto reclamo con Rambao”. Le respondió el Señor: “Pero hombre, cómo hago, es una merced que yo le di”. Pedro insistió: “Bueno, pero ya quitársela, es que el mundo está muy apurado con Rambao, quítesela, vamos a mandar a la Muerte por él”. Al fin el Señor ordenó: “Bueno, mándele a María a buscarlo, pues”. Mandó a la Muerte a buscar a Rambao y ésta le dijo: “Rambao, alístate que vengo a buscarte”. Entonces dijo él: “Casualidad, te estaba esperando, estoy aburrido de estar en el mundo ya. Siéntate ahí y te alcanzo unos manzanos maduros que tengo en ese zarzo para comérnoslos para irnos”. Allá se montó María y cuando estaba allá le dice Rambao: “Bueno, ahí te estás”. Ahí la castigó dos años. Aguantando humo. Entonces no moría nadie porque la Muerte estaba presa. A los dos años la soltó. Se fue María, asustada, ¡fun! ¡fun!, Volando hacia el cielo, huyendo de Rambao. Al llegar allí, le dijo: “Mi, Señor, a mí no me mande a buscar más a Rambao, este hombre me ha matado a mí. El señor le respondió: “No, tienes que irlo a buscar otra vez. A Rambao hay que recogerlo ya. En la próxima te lo traes, yo te aviso”. Siguió Rambao con sus maldades en el mundo y entonces dijo Pedro: “Hombre, mi señor, qué hacemos con Rambao, ya estoy cansado de tanta queja de Rambao.” El señor le respondió: “Vuelve a llamar a María, vamos a mandarla”. La llamaron, siguió María a buscar a Rambao y cuando este la vio, se dijo: “Mira, allá viene María a buscarme, ahora sí la vamos a engañar para que no me ponga más problema” Se vistió, se raspó la cabeza como un muchacho chiquito y se puso al suelo y se puso a gatear, a jugar. “Buenos días,” dijo María a la mujer de Rambao. “Buenos días… Siéntese”, respondió ella. Pero María le dijo: “No, yo tengo que irme ¡y Rambao?”. Respondióla señora: “Rambao está por allá jugando, puede que esté jugando, yo no sé qué jugará”. Entonces María le dijo: “Bueno, mientras que Rambao va y viene yo me llevo este pelao” y le volteó el garabato al muchacho que estaba ahí con el ropón. ¡Tan! Lo arregló. Y así se llevó a Rambao. Al llegar al cielo, María dijo al Señor: “Aquí está, mi señor, Rambao”. Entonces él le dijo: “Bueno pues déjalo. Él tiene que ir donde Pedro. Y así pasó, llego Rambao a la Gloria. Tun! tun! tun! tun! Al fin responde Pedro. “¿Quién es?” Y le contestan: “Rambao”. Dijo Pedro: “Rambao no es de aquí. Rambao es del Infierno”. A lo que dijo Rambao: “No señor, Rambao es de la Gloria”. Pedro le respondió: “Rambao es del Infierno. Largúese”. Cerraron la puerta y sigue Rambao para el Infierno. Llegó al Infierno y se puso a tocar: Tun! tun! tun! ¿Quién?”, le pregunta el diablo y le responde: “Rambao”. Entonces el diablo le grita: “Rambao no es de aquí Rambao es de la Gloria. Rambao no es del Infierno”. Entonces Rambao caliente, le dice: “Hombre, pero si vengo de la Gloria y me dicen que soy del Infierno, ahora usted me dice que soy de la Gloria”. El diablo le dice: “Váyase, que usted es dé allá, yo aquí no lo quiero”. Lo echaron para la Gloria otra vez. Vuelve y llama a Pedro. Tun! tun! tun! “¿Quién?”, le pregunta y le responde: “Rambao”. Entonces Pedro le grita: “Le he dicho que Rambao no es de aquí”. Entonces Rambao le dice que el viejo le había dado un recado para él, que quería decirle dos palabras, que no se iba a meter. Pedro le obedeció, medio entreabrió la puerta y por ahí run!, se metió Rambao. Ahí atrás estaba un antioqueño que tenía días de estar esperando y no lo habían dejado entrar y al meterse Rambao, se puso a tocar la puerta. Tun! tun! tun! “¿Qué pasa?” Preguntó Pedro. A lo que responde el antioqueño: “Pues que va a pasar, pues yo soy el equipajero de Rambao, ábrame la puerta que voy apurado con mi equipaje también”. Ahí siguió el antioqueño y se metió por medio de Rambao y ahí se terminó el chiste.