Es esta una creencia y superstición exclusiva del sur del Toma. El silbador es un espíritu maligno, una aciaga predicción, una siniestra profecía representada en el fatídico cantar de un pájaro de mal agüero invisible, siniestro y muy temido. Es un ave del demonio y compañero de las brujas que sólo predice desgracias con su tétrico silbido. Aseguran que en su forma es un pájaro corriente, de color gris terroso, muy semejante al Trespiés, hasta en su canto: un silbido largo, lastimero y lúgubre. Pero ninguno de los que han escuchado su triste aviso lo ha podido ver, pues casi siempre su canto es lejano, misterioso, se oye en la inmensidad del llano, de las montañas o de los ríos, entre las lóbregas tinieblas de la noche o entre la bruma lejana del espacio.

Siempre oye su canto aquella persona a quien le va a suceder o le está sucediendo en ese instante alguna terrible desgracia y con preferencia la muerte de algún ser querido. El terrible aviso que da son tres silbidos prolongados y tristes, con algún intervalo entre cada uno.

Para mayor y más clara explicación de él veamos el relato de este campesino, en sus mismas palabras y con todas las vueltas y revueltas que él sabe darle a la narración.

Conversa con su vecino, el campesino Timoteo Guarnizo, que ha venido a visitarlo por la noche, echados bocarriba sobre la barbacoa del patio, bajo la hechicera luz de una luna esplendorosa, rodeados de toda la prole de don Baltasar Cabrera, que así se llamaba el labriego, y mientras ambos saboreaban las delicias de un tabaco “cosechero” clavado en sus labios, por cuyas comisuras arrojan de cuando en cuando volutas de humo que se pierden en la oscuridad:

-Y como liba diciendo, mano Timo, –decía así, don Baltasar-, en una sola ocasión oí yo el tal Silbador y dende entonces le tengo inquina al maldito pajarracu ese y a mi Diosito le pío que no me lo güelva a topar por ai en el jamás de los jamases. Eso jue pa un… si, pa un jebrero, don Timota, pero yo más bien precuro nu acordarme, ave María purísima. Ya yo había champurriao en compañía de mhijo Baltica, el mayorcito, un tabloncito e yuca y unas maticas de redrojo que tenía en la vega porteluna y como no tenía mayor qui hacer, cogí un burro orejigacho, grande, que tenía, le encasqueté una siya di orqueta que mi había regalao mi compadre Nepomuceno Güertas, le tercié la menúa, una murrala con bastimento, café, panela, anzuelos mueluderos y capaceros, y unos tres u cuatro pintones pa carnadiar y una boteyite trago pal fríu. Me li orquetié al burrito y me empaqueté pa Riogrande a salile a la punte nicuros á la hoque Totarco.
A yo mi había dicho el rucio Donato, que Dios lo tenga en los Santos Reinos, quel grueso e la punta había pasao por Peñones Altos ese domingo, es decir, dos días antes, porque aquél era un martes, hora… hora verá… hora seis años, precisamente. ¡Jué la su hienda grande di hora seis años, mano Timota! Estu es jué en ese tiempo que se jartó Chenche de tanto pescao que los podía coger uno con la mano.

-La recuerdo, mano Balta; yo me cogí como dos costalaos de cheres ai nomás en los alares de Quitacalzón, en un rato. -Eeh, menito, don Timo, pa que vea que no le miento. Bueno; así jue que me juí pal río solitico con Dios y la Virgen, una chandosa, langaruta, que no me perdía pataa y un atadito e chicheros que yevaba en la murrala pa espantar los zancudos. Maruja se queó buena y sana en el rancho, tejiéndosen unos rejos con las muchachas pa vender en la viya. Y Baltica, que hacía las veces di hombre en la casa. Me juí derecho a la boca, a la parte di abajo, ques donde trompea el barbudo. Por ai entre dos luces yegué a la oriye el río y ranché a lo di abajito e la cachaquera martinuna, debajo di un mulato grande que hay oriyadito a la playa. Achiqué el burro di una mate cachaco, bajé los trimotiles y la chila; y en un dos y tres soplé candela y puse a hacer unos sorbos de café pa engañar la barriga. Tomé tinto y juí a tender y a echar unos lancecitos en la punte la resaca a ver si cogía algo pa hacer un viudito. Eché unos cuatro perros y me cogí unos nicuros; aliñé loya y mantras estaban los cocidos tendí los anzuelos.

La noche taba como el día, azulita pero calurosa; la playa taba sólida y queta, no se oya sino latir, por ai de cuando en vez, los perros de la vieja Martina, en la vega. Al otro lao se veya una hoguerada, jeguro eran pescadores que taban tendiéndole a la muesca. En eso ya tuvo el viudo y me lo panqué, me jumé un chichero, le eché de comer a la perrita y ai mesmo cogí la manta y me jui pa arriba pa la cabicera del playón…

-Ai pal caidero que tienen los Mendozas.

-Esauto, mano Timota. -Ai pegaito a Totarco…; ai sí qui arriman unos grandes, mano Baltica, y a liia abajito el peñón es un lance seguro.

-Y limpio, mano Timoteo; es lo que más me gusta ese puesto; esplayao, y muy acertao pal nicuro. Bueno; eran como las once, tal vez; arrimé pianito y eché el primer lance, así arrecostao al peñón, y casi no pueo sacar la chila jartica de cachudos; me cogí más de cuarenta; yo ije pa mis adentros: ta bueno; si así sigo mañana cargo el burro y me largo.

-A bárbaro, siempre estaba apretaíta.

-Pues cómo no. Bueno, yo seguí chiliando y cogiendo graniaíto, pero unas lonchas de nicuros que parecían capaces y amariyitos de lo puro gordos.

-A gusto…

-Si jeñor; y horita sigue lo peliagudo, mano Timoteo. La luna si había ocultao, el cielo taba nuboso y un relámpago parpariaba cortico parriba, como con ganas de yover; no se oya ni un mosco y una brisita repelente mi hacía chisporriotar la pavesa del tabaquito que me staba jumando. Sólo se oya el chapoteo de los nicuros echando pa rriba. Yo taba amojonaíto, haciéndoles hora a los guapuchos, mascujiándome el tabaquito y con la tasaja lista, cuando oigo por ayá, como por la madre del río, ese silbido clarito, largo y destemplao, mano Timoteo; sería como la media noche. Yo me quedé suspenso, se me erizaron los pelos y la lengua se me puso como si juera un pite e boge. Nu acertaba ni a moverme, y queó en el aire esa cosa mala, un soplo juerte enainas me tumba el sombrero y too parecía como si el mandingas estuviera por ai suelto. Otro ratico endespués volvió a silbar abajo, al pie e la cachaquera, y ai sí, mhijito, recogí los cuchos como pude y me jui pa la rancha, que me temblequiaban las corvas como si tuviera beri-beri. El burro taba que arrancaba la mate cachaco, ¿oyó?

-No tenía por menos, mano Baltasar; ave Maria purísima. ¿Y vusté quiso?

-Jigúrese; esi animal resoplaba y paraba las orejas y no se taba queto; la perrita también dejó el jogón y se me jué a enroscarse en mis zancas, huyando, asustada.

-¡Eco…! Los animales cómo perciben esas cosas…

-Son los que más. Bueno; tan pronto como yegué a la ranchería, me silbó por tercera vez ai no más en las ramas del mulato. Ai si jué cierto quel burrito y la perra si alebrestaron como yevaos del diablo. El susto que yo tenía era bestia, mano Timo; y sobre todo me cogió esa pinsión y esa pinsión que no me dejaba ni cavilar con derechas; y yo, qué más pesca ni qué caray. Me juí otra vez pal río, pelé los anzuelos como pude y eché todo en la murrala, y también como una arroba de pescao que había cogío ya. Ensiyé el animalito, le colgué los jotos, me le encasqueté más encima y me las empunté pal rancho. Cuando yegué, ya tenían a Marujita en la mité la sala, válgame Dios, don Timo, velándola, y toos mis muchachitos yorando como locos al pie.

-Ay, sia por Dios, mano Balta, ¿antonces eso jué cuando la muerte la finaa Marujita?

-Como loye, vusté, mano Timoteo; comu a las dos horas di haberme largao puayá de farolón le dio un patatús a la vieja y por ai como a las once jué alma de lotra vida. Y ese espírito de los demónchiros me lo avisó. Cuando yegué, apenas salía Baltica a avisame, en una mocha vieja que le emprestaron por ai.

-Jesús Credo, mano Balta, qué cosas esas; ese pájaro agüerista es comuna cosa mala que no le tré sino desgracias a uno. ¿No ve que a yo también me silbó cuando la muerte el viejo? Eso jué puna cuaresma, entri oscurito y claro; taba yo leñatiando ai junto al rancho viejo de la vieja Rudesinda y me silbó tres veces también; por ai como del monte payá, en lo más cuajao; un chiflido clarito y como con un susirio; ¡y… tome…!, ¡se murió mi taita!

 

Código: CLTC 443N

Año de recolección: 1962

Departamento: Tolima

Municipio:

Tipo de obra narrativa: Leyenda

Informante: 

Edad informante:

Recolector: Misael Devia M.

Fuente: Artículo de revista

Título de la publicación: Folclor tolimense

Año de publicación: 1962

 

 

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